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  Antes de perderme, platiqué con ellos
  June 30, 2008
  Por Arturo Valdez
  elquintanarroense.com
 

Gerardo Ciancio es un especialista de la poesía uruguaya. Parece conocer a casi todos los poetas vivos y muertos, éditos e inéditos, de su país. Es un crítico mordaz, incisivo, agudo y un excelente anfitrión. Nos reunimos en su casa, junto con el poeta Eduardo Curbelo; una casa de 1890 en pleno centro de Montevideo, y en cuyo interior se encuentra la biblioteca más completa de Borges que hay en Uruguay. Su casa está remodelada, y los acabados y el cálido y armonioso diseño interior, así como el librero que contiene esa inteligente suma de libros de y sobre Borges, son obra de Paula, su esposa, quien, por cierto, visitó Playa del Carmen en 1995. Gerardo es uno de los críticos más respetados de Uruguay, según cuentan los círculos literarios; ha sido autor y coautor de investigaciones literarias y antologías de poesía, como la antología de poesía joven de Colombia y Uruguay intitulada El amplio jardín, en la cual se encuentran poemas de gran altura. Gerardo Ciancio es un excelente compilador, un agudo crítico, pero también un excelente conversador. Platica anécdotas con la sencillez de un Quiroga y con la ironía de un Chesterton. Gerardo es Gerardo, como Eduardo Curbelo es Eduardo Curbelo. Sin embargo, en mi primitivo encuentro con estos dos autores (el primero crítico, el segundo poeta), me sucedió que los confundí. Así que pensé que Gerardo era Gerardo Curbelo y que Eduardo era Eduardo Ciancio. Cuando los vi por segunda vez, en Montevideo –esto fue en la presentación del primer libro de Gustavo Gómez, en la Biblioteca Nacional- vacilé en llamarlos por sus nombres correctos. Cuando los conocí, el crítico y el poeta estaban juntos, y nos presentamos. La segunda vez que los topé, el crítico y el poeta estaban también juntos, esta vez no supe si el crítico era el poeta o el poeta era el crítico. Así que mejor esperé, y no fue sino hasta que le pedí a Gerardo su correo electrónico que me di cuenta que él era Ciancio y que, por lo tanto, Eduardo era Curbelo. Lo que me pareció, sin embargo, fascinante, fue confundir al poeta con el crítico, y viceversa, juntos como almas inseparables, como tendría que ser. Un poeta, al mismo tiempo, es crítico. Un crítico, uno bueno, necesariamente es poeta. Cuando le pregunté a Gerardo –en su casa y acompañados por un delicioso grapamiel- por qué había decidido volverse crítico, su respuesta fue mordaz: para enseñarles a escribir a estos poetas. Eduardo, el poeta, trató de responder a esa respuesta de forma un tanto huidobriana, diciendo algo así como que un crítico que no escribe poesía no puede criticar la poesía (Huidobro decía que la crítica de la poesía correspondía sólo a los poetas) y añadió, irónicamente, que era como eso que sucede con algunos jugadores de fútbol, aquellos que terminan como directores técnicos o, peor aún, como comentaristas de televisión. Gerardo aclaró, al mismo tiempo que ponía otro disco de Led Zeppelin, que en este caso, entonces, se trataba del director de la selección nacional, y añadió –dirigiéndose a Curbelo- tú eres mi creación. Gerardo y Eduardo dominaban el balón, jugaban a la par en la misma cancha, se confundían y conocían muy bien. No fue, quizá, gratuito que me hubiera confundido, siguiendo la metáfora del fútbol, al estar mirando el partido, con los nombres y que hubiera pensado que en la cancha jugaba Gerardo Curbelo y como director técnico estaba Eduardo Ciancio, o viceversa? El crítico y el poeta siempre andan juntos, como las dos caras de la moneda. Además, como ellos mismos lo aclararon esa noche, en esa casa, que en 1890 era, según Ciancio, un burdel, nacieron en el mismo año y, de algún modo, sufrieron los crueles golpes de la dictadura.
Eduardo Curbelo es psiquiatra, una especialidad que se acerca mucho al quehacer poético; en la psique está el espíritu de las palabras: el lenguaje (¿o será al revés?). Curbelo es un tipo callado, meditativo, pero con igual dosis de ironía y un humor negro que se agradece. Un poeta que, en sus libros, reta al lector al llevar su discurso poético (creo que así también lo señala Gerardo Ciancio, en su prólogo al diario íntimo de un comensal) a extremos casi imposibles, a límites del lenguaje, intentando con ello tocar el origen.
Esa noche, en casa de Gerardo, Curbelo destapaba las cervezas Pilsen con gusto, y conforme pasaba la noche su discurso fue haciéndose más lúcido o extremista o quizá fue más bien que esa noche, en que reiteré que el crítico y el poeta han de ser inseparables como la auténtica amistad, me fui emborrachando sin darme cuenta de las inteligentes cosas que se decían, y los tragos de whisky que amablemente me ofreció Gerardo, y la emoción, me fueron llevando a límites que, afortunada o desafortunadamente, olvidé.
Esa noche mi mujer evitó que me llevara una botella de limoncello que Gerardo había puesto en la mesa. Curbelo y Ciancio me regalaron valiosísimos libros, como si se tratara de un sueño. Pero uno de los últimos recuerdos que tengo es que, mientras hojeaba uno de los libros de Eduardo, en aquella sala montevideana, pensé en decirle que leyera este poema: la palabra del anfitrión: “está siempre abierta/ la puerta de la casa/ la botella de vino/ el acceso a la vejez/ para los más bellos/ sórdidos/ manipuladores/ del amor/ derritan/ la cerradura con el llanto/ envejezcan/ sentados a la mesa/ descorchen/ el futuro a mi salud// animales del deseo”. Sin embargo, me perdí. Y hubo música, un exquisito recorrido por el rock uruguayo y el ritmo de trance popular.

Lectura

Caminamos por la neblina montevideana. Visitamos a unos parientes de M. Ellos tienen una especie de restaurante-cantina a la que llaman boliche, en los suburbios de la ciudad. Las paredes están recubiertas de fotos históricas, sobre todo de Alfredo Zitarrosa. El tío de M. es un ferviente admirador de este cantautor uruguayo. Escuchamos algunas de sus canciones. Entonces nos invitan unos tragos de vino, tenemos que celebrar, dicen, hoy es 27 de junio. Es un aniversario luctuoso, dicen, un día que se tiene que recordar para que no se pierda la memoria: el 27 de junio de 1973 fue el golpe de estado e inició la dictadura en Uruguay. Sin embargo insisto que deben esclarecerse los asesinatos de las mujeres en Ciudad Juárez, respetarse los Acuerdos de San Andrés y preservarse las tradiciones mayas y la naturaleza de Quintana Roo.
Grafómano