Los señores diputados me siguen asombrando. Yo, como usted quizá, los tengo en un concepto muy por debajo del que se debiera. Y no es de a oquis. Ellos se lo han ganado. No es algo que ni yo ni usted hayamos generado de muy mala leche. La “fama” de la que gozan no es invento de nadie. Ellos, con su forma de ser y de actuar, la han ido labrando con el paso de los años hasta convertirse en un pesado lastre que difícilmente podrán quitarse de encima.
Me siguen asombrando, digo, porque en apenas una semana han tenido dos aciertos espléndidos, dignos del mejor de los aplausos. El primero fue la aprobación de la Ley Antitabaco, que permitirá a los no fumadores disfrutar del respeto de los que se matan minuto a minuto poniéndose un cigarrillo en los labios. Aun cuando es un respeto a fuerzas, aunque los fumadores tengan que gruñir e inconformarse por tener que cumplir con las disposiciones de ley, es un gran paso para que los 20 millones de fumadores que existen en el país cambien sus hábitos y dejen de perjudicar a los demás.
El segundo campanazo, igual de importante que el anterior, fue el de que echaran a bajo la propuesta de los cateos sin orden de un juez. “Atroz”, fue el calificativo que el ombusmán nacional, José Luis Soberanes utilizó al referirse a la mano ancha que se le estaba dando al “brazo de la justicia” para que pudiera hacer y deshacer en el interior de nuestras casas cuando así se les antojara.
Nuestras autoridades policíacas no son precisamente una hermanita de la caridad cuando andan haciendo como que trabajan. Suelen sentirse la mamá de Tarzán la mayoría de las veces y barren con la quinta y los mangos cada que se les presenta la oportunidad.
Ejemplos sobran. El más reciente –que se haya hecho público-, se dio hace algunas semanas cuando elementos de la PFP ingresaron a un domicilio y a sangre fría acabaron con la vida de uno de sus moradores. Uno solo de ellos fue requerido para el juicio. De los demás ni sus luces, como si no hubiesen cometido una ilegalidad al penetrar a una morada echando bala sin la orden de cateo de un juez.
El problema de todo este asunto es que sucede algo de estas magnitudes, uno ya no sabe si los encapuchados que irrumpen en la tranquilidad de un hogar son policías o bandidos. Aunque, la mera verdad, la mayor de las veces no hay mucha diferencia entre ambos.
Cuando un poli te echa el guante tan solo porque te lo quedaste mirando feo, ni Dios padre que baje del cielo podrá salvarte de pasar momentos de verdadera angustia. Las corporaciones policíacas a nivel nacional, sobre todo, tienen un “prestigio” muy bien ganado al respecto. Y al final, cuando si bien te va y te dejan libre, ni pensar en quejarte porque te irá peor.
Los que han pasado por esta experiencia, desagradable por donde se le quiera ver, le tienen fobia a cualquier elemento policiaco. En sus más horribles pesadillas ven la cara de un policía y con eso tienen para perder la tranquilidad que les permita conciliar el sueño.
Aquí en “San Caralampio”, aunque usted no me crea, hubo un tiempo en que sus habitantes se morían de viejos. La peor arma que se conocía era un tirahule y párele de contar. A éste artefacto “bélico” lo hacía peligroso el proyectil que se le pusiera. Así como podía ser una piedra, podía ser una canica o cualquier otro objeto que mínimo dejara un chichón al impactar en la cabeza. Hasta donde se sabe, ni un solo sancaralampiño murió por un impacto de estos. Dos o tres quedaron tarados después de recibir un “misil” de ese tipo en el cráneo, pero hasta ahí. Siguieron viviendo para contarlo.
En la época en que Germán García Padilla fue el gendarme número uno de la ciudad, solía cambiar despensas por tirahules cada que sus agentes infiltrados en el resto de la población le advertían de que las también llamadas resorteras comenzaban a proliferar en demasía. Y así mantuvo la calma durante todo el tiempo en que se ganó la quincena patrullando las calles a pie de calcetín o en su flamante bicicleta “Raleigh”.
Hoy es imposible. Los malosos llegaron para quedarse. Y no vinieron solos. Trajeron a sus secuaces y a un arsenal que es la envidia de los polis que andan apantallando con sus pistolitas de juguete.
Por todo lo anterior es que, en serio, habrá que un aplauso fuerte y prolongado a nuestros legisladores. Si ya de por sí no soportamos a los delincuentes que se meten a nuestras casas cada que se les antoja, imagínense con los policías haciendo exactamente lo mismo.
Una de cal por tantas de arena. Ojalá y nos siguieran sombrando positivamente en los siguientes días.