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  Tierra fértil
  elquintanarroense.com
  July 3, 2008
   
 

En Oxcutzcab, me decía jocosamente un amigo, se dan dos cosas en abundancia: naranjas y peloteros. Y aunque él me lo decía en tono de broma, la realidad es que en ese municipio del vecino Estado de Yucatán sus habitantes pueden presumir de exportar en abundancia precisamente peloteros y naranja de china, como denominan por aquellos lares al cítrico.
Los peloteros oxcutzcabenses son garantía de entrega y pundonor a la hora de defender la camiseta que portan. Pude ser testigo de eso durante el año y fracción en que tuve la oportunidad de vivir en Tekax, Yucatán, otro sitio en donde se vive la pasión del beisbol domingo a domingo y entre semana se cruzan apuestas sobre el número de carreras que el equipo local le endilgará a la novena visitante.
La pelota es una tradición en Yucatán. Es fácil de constatar yendo a un campo de béisbol un domingo al mediodía. Para empezar, si llega usted con cinco minutos de retraso no encontrará un sitio en donde sentarse y tendrá que localizar una piedra de regular tamaño para ir y acomodarse a un costado de la albarrada que circunda inmueble.
Habitante que se haya perdido el encuentro está “muerto”. No tiene voz ni voto durante el resto de la semana. De los lances y los batazos se platica a diario, ya sea en el mercado, ya sea en el consultorio médico, ya sea camino a la milpa, no hay otro tema más que el béisbol. Perderte el partido significa no tener “vela en el entierro” a la hora de los comentarios ya que los demás ni caso te hacen, conscientes de que no estuviste presente y por lo tanto todo lo que digas es de a oídas y por lo tanto carece de valor probatorio. En el pueblo hay que ser testigo presencial de los hechos para que tu voz sea escuchada por todos los demás. Nada que “me dijeron”. Nada que “escuché por ahí”. Si no estuviste presente estás “frito” a la hora de los comentarios en el transcurso de la semana. Y no hay cosa más fatal, sobre todo en el pueblo, que ser ignorado por los demás. Si nadie te escucha es que estás “muerto” y eso es lo peor que te puede pasar.
En Tekax tienen mucho respeto por Oxcutzcab. Por muchas cuestiones los tekaxeños se quitan el sombrero cuando oyen hablar de Oxcutzcab. Y son ampliamente correspondidos en ese aspecto.
Cuando un equipo de los “naranjeros” llega a Tekax, cuidado, todo puede pasar. “La Unión”, el viejo campo que descansa plácidamente a los pies de la ermita, se llena de tal forma, que incluso las faldas del cerro y las albarradas aledañas se convierten en el sitio más placentero para observar los detalles del encuentro. Recuerdo mucho a un negro nalgón –Gregorio Acea se llamaba-, de físico enorme y en quien en verdad lucía aquel traje tradicional, con los “spikes” de cuero, oscuros, los bombachos hasta las rodillas, las calcetas ídem y aquel complemento que se colocaba encima de ellas y que hacía ver al pelotero con una pulcritud envidiable. Ahora los uniformes del beisbolista se han convertido en un elemento desastroso que los hace perder la figura, amén de que los zapatos, de tan multicolores, parecen de todo menos de beisbolista.
En fin, el negro Acea llegaba antes que todos, bajaba sus bates y demás implementos y saludaba con su clásico acento cubano. Los “pitchers” le tenían pavor. Sabían que en su juventud había jugado pelota de calidad, en la liga mexicana sobre todo y eso infundía un verdadero respeto entre el equipo rival. Sus mejores años habían pasado, obviamente, sin embargo aún solía cascarle bien a la pelota de vez en cuando para depositarla detrás de la albarrada más lejana, la que dividía el jardín central con el terreno de don Chon, que al principio hacía rabietas cuando de pronto una pelota atravesaba su techo de huano y se estrellaba a escasos centímetros de su humanidad. Ya luego le agarró interés al juego y en vez de hacer corajes cuando el cuadrangular tocaba a sus puertas, decidió colocar un sillón debajo de su mata de toronjas y disfrutar del espectáculo, cerveza en mano como los demás.
Tekax también tenía lo suyo en cuestión de peloteros. Era la época de gloria de Fernando “Oso” Romero, “Willy” Buenfil y varios más, quienes regaron de sudor y de batazos durante mucho tiempo los campos deportivos de las región. Los chamacos aspirábamos a ser como ellos y al campo de juego, más que a verlos triunfar, íbamos a observar sus movimientos para imitarlos después en el campito aquel que había en la casa de José Luis Cabrera, quien hacía equipo con su primo Javier Cámara y nos ponían unas palizas de las cuales ya no quisiera ni acordarme. Y era mejor así, que nos apalearan, para garantizar la continuidad del juego, porque de lo contrario, caprichoso como era José Luis, de pronto por cualquier pretexto, agarraba su pelota y las mascotas, se metía a su casa y ahí acababa el juego. Nosotros nos íbamos tristes e insatisfechos a nuestras casas y él se quedaba refunfuñando en su habitación. Por esos cambios abruptos en su forma de ser, sabrá Dios cuánto de culpa tiene de que muchos de nosotros no llegáramos a jugar ni en la selección de la escuela de Yokchenkax. Sospecho que a muchos les truncó el futuro. Y todo por ser muy “agarrado” con su pelota, el bate, las mascotas y el terreno de juego. Casi nada.
Lo cierto es que todos estos recuerdos me han venido en cascada al leer que Roberto Espinosa Acea, oxcutzcabense y nieto del Gregorio aquel, de 16 años apenas, acaba de ser firmado por “El Aguila” de Veracruz.
Es un gusto saber que sigue la mata dando. Por peloteros y por naranjas de china, en Oxcutzcab, por fortuna, no paran hasta la fecha.

Periodista

 
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